Gonzalo Delacámara


Marzo 22, 2017

Publicado originalmente el 21/03/2016 en eldiario.es con motivo del Día Mundial del Agua 2016; sus mensajes aún están vigentes. 

Pensamos en la fotografía como el arte de captar la luz. Sin embargo, ya es posible mostrar energías que permanecen invisibles al sensor de una cámara. La fotografía Schlieren (a partir de un descubrimiento del físico alemán August Toepler en 1864), capta las variaciones en el aire generadas por el calor o el sonido y, de ese modo, nos permite ver lo invisible. Buena parte de los desafíos en relación a la gestión del agua podría resumirse bajo ese mismo enunciado: ver lo invisible.
La virtud fundamental del Día Mundial del Agua, que se celebra este 22 de marzo, es precisamente la de recordarnos el papel del agua en el desarrollo económico y social, como factor de salud pública pero también de seguridad alimentaria y energética, cohesión territorial, mitigación de la pobreza, conservación de la biodiversidad y de una serie de servicios ambientales, etc.
Quizás el lector leerá o escuchará que 663 millones de personas permanecen sin acceso mejorado a fuentes de agua potable, 1.800 millones consumen agua contaminada por heces, 2.400 millones carecen todavía de acceso a instalaciones mejoradas de saneamiento, más del 80% de las aguas residuales en el mundo se vierten sin tratamiento, 1,8 millones de personas (incluyendo unos 1.000 niños al día) mueren anualmente por enfermedades asociadas a agua en mal estado… Son desafíos mayores, incluso pese al progreso reciente – 2.600 millones de personas accedieron a fuentes de agua potable desde 1990. Estos datos caracterizan un ignominia.

Buena parte de esta realidad permanece oculta a un número no menor de ciudadanos de países más desarrollados, como si no hubiese exposición a retos, por diferentes que sean. Como en nuestra vida, los problemas que negamos tienen difícil solución; los que ni siquiera alcanzamos a ver se convierten en maldiciones.

La gestión del agua equivale a la gestión de conflictos. El agua es un elemento crítico para la agricultura (que consume en promedio un 70% de todo el agua) y el abastecimiento de alimentos. Recordemos que 795 millones de personas siguen padeciendo malnutrición. Es igualmente un insumo fundamental en la producción de bienes industriales o en la generación de energía eléctrica y térmica. Asimismo, el agua de calidad es una condición necesaria para la producción acuícola (ya más de la mitad del pescado del planeta), en tiempos en que las pesquerías menguan. Numerosos servicios recreativos no existen sin agua y, en realidad, no solo está en juego la conservación de ecosistemas acuáticos sino de aquellos terrestres que dependen del agua.

Desde el reconocimiento de algo bastante obvio (se necesita energía para los servicios de agua y agua para los servicios de energía), es fácil entender además el vínculo entre la gestión del agua y la mitigación y adaptación al cambio climático.

El agua no está disponible simultáneamente para todos esos usos alternativos. Elegir implica renunciar; así, cada decisión sobre el uso de los recursos hídricos es, en sí, una potencial fuente de conflicto. España es un ejemplo evidente, junto a una larga serie de países áridos o semiáridos en buena parte de su territorio: el oeste de EE.UU., una parte importante de México, el noreste de Brasil, el Pacífico peruano, el norte de Chile, el sur de Italia, Grecia, los países del norte de África, amplias zonas de Oriente Medio, Israel, la franja de Gaza y Cisjordania, numerosos países en Asia Central, Singapur, algunas regiones de China e India, Arabia Saudí, el sur de Australia…

España recibió más de 68 millones de turistas en 2015, con fuerte estacionalidad; una mayoría fue al litoral mediterráneo donde la escasez de agua y la vulnerabilidad ante la sequía son innegables. La agricultura, por otro lado, consume más de dos tercios del agua; apenas un 10% de ese agua permite obtener un 90% del valor añadido de la agricultura pero esa realidad convive con una agricultura menos eficiente. Persisten, desde hace décadas, conflictos territoriales en relación al agua. El intento de resolver parte de estos problemas invirtiendo en desaladoras, financiadas en gran medida con fondos europeos, todavía es estéril: con incentivos mal diseñados, estas plantas operan en promedio a menos del 20% de su capacidad instalada.

Hay una dimensión ineludible pues afecta directamente a todos los ciudadanos: los servicios urbanos de agua potable y saneamiento. Otra realidad parcialmente oculta.

La cobertura del servicio es universal, la calidad de los servicios buena, las tarifas (pese a la disparidad entre ciudades) bajas en el contexto de la Unión Europea… Podría creerse, entonces, que no hay desafíos. Nada más lejos de la realidad, sin embargo.

Envejecen las infraestructuras en un contexto en el que el papel del Estado necesariamente ha de redefinirse ante los objetivos de consolidación fiscal.

El tratamiento de aguas residuales está mal resuelto por cuestiones financieras y porque se confía a las depuradoras el objetivo de calidad en lugar de adoptar medidas complementarias en las cuencas fluviales.

Por otro lado, hay un debate público, que se beneficiaría de criterios más racionales, sobre el modelo de gestión. La evidencia internacional muestra que no es tan relevante la distinción entre público y privado como las garantías para la gestión equitativa y eficiente. En relación a este tema surgen numerosos interrogantes: ¿ayudan las posiciones apriorísticas para predeterminar la titularidad de las empresas de servicios de agua? ¿Cuál es la escala a la que estos servicios se prestarían mejor? ¿Qué clase de regulador a nivel nacional sería necesario?

Ver lo invisible, a partir de mejor información y de mayor capacidad de análisis, genera una mayor demanda de buena información y de transparencia. Igualmente, induce cambios en el comportamiento de los usuarios del agua. Por último, favorece la innovación: ofrecer nuevas respuestas a viejos problemas. Sin embargo, para ver lo invisible en relación al agua hace falta más que una cámara Schlieren: es imprescindible superar barreras administrativas, coordinar políticas, abandonar sesgos sectoriales, favorecer enfoques interdisciplinares, diseñar mejores incentivos y poner el bienestar de los ciudadanos como anclaje de los objetivos de alianzas entre la sociedad civil, el sector público y el sector privado.

Gonzalo Delacámara
Director Académico del Foro de la Economía del Agua
Coordinador del Grupo de Economía del Agua del Instituto IMDEA Agua

 

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