La sequía en España: el tamaño de nuestra complacencia

Gonzalo Delacámara


Octubre 20, 2017

Precipitaciones, embalses, y la traslación de responsabilidad

No sorprende el interés informativo que despierta la sequía, aunque contraste con la dificultad colectiva para entender el papel del agua en el desarrollo de nuestra sociedad, bien como factor limitante u oportunidad. Sin embargo, llama la atención que lo que concentre nuestro interés es que llueve poco y los embalses se vacían. Nuestra mirada complaciente traslada la responsabilidad a Oyá, la diosa yoruba de la tempestad, o a la Virgen de la Candelaria, y nos libera. No se trata de ser agorero; a fin de cuentas, la felicidad ilusoria, como nos contaba Unamuno, es una opción frente a la verdad trágica. Sin embargo, intentemos aportar algunos criterios racionales a la discusión sobre la sequía, alejados del nihilismo del primer Camus, el autoengaño consciente de Sartre y la estulticia de Trump.
El año hidrológico 2016-2017 (del 1 de octubre al 30 de septiembre) ha sido el octavo con menos precipitaciones desde 1981, según Aemet. Las precipitaciones acumuladas son inferiores a su valor normal de referencia (1981-2010) en la mayor parte del país y no alcanzan el 75% en Galicia, norte de Castilla y León, buena parte de Asturias y Cantabria, y diferentes zonas de Andalucía, Extremadura y Canarias.
Si en lugar de mirar al cielo observamos las reservas hidráulicas (agua embalsada), veremos que los datos no son mucho mejores, en sentido alguno. Según el MAPAMA, en su último boletín hidrológico de 3 de octubre, la reserva hidráulica de España está al 38,9% de su capacidad total, con valores que oscilan desde el 72,5% del Cantábrico Oriental al 14,3% de la cuenca del Segura.
Todos estos datos se refieren a las llamadas sequía meteorológica (escasez continuada de precipitaciones, en relación al período de referencia) e hidrológica (que normalmente se caracteriza a partir de reducciones en el agua en curso o en los volúmenes embalsados que uno pudiera considerar normales en términos estacionales e interanuales). Por supuesto, ambos indicadores son inquietantes pero convendría reflexionar sobre un hecho: lo que convierte esos datos en preocupantes es la combinación de un año muy seco, como el año hidrológico que acabamos de cerrar, con la demanda de agua para diferentes actividades. Si bien lo primero aparece como un dato, lo segundo es el resultado de nuestras propias decisiones, lo que nos podría llevar a afirmar que una sequía es en buena medida un daño autoinfligido.

Lecciones desde California

El pasado abril, dos años después de que se declarase el comienzo de la sequía en las cuencas del Júcar y el Segura (que ahora afecta también a la cuenca del Duero y amenaza con extenderse), el gobernador de California declaró el final de la emergencia por sequía. Las analogías son inevitables: California tiene un clima mediterráneo, con acusadas variaciones desde el norte húmedo a los valles del centro y sur, semiáridos, donde se emplea la mayor parte del agua junto a las zonas costeras; tiene 423.970 km2 por los 505.990 de España; sus usos del agua son similares, con una vibrante actividad agrícola en una superficie de riego aproximada de unos cuatro millones de hectáreas. California, sexta economía más importante del mundo (en valor del PIB), lidera a nivel mundial en tecnología, sus ciudadanos son expertos en prácticas de uso eficiente tras años de sequía, dispone de uno de los mejores sistemas de universidades del mundo, tiene la mayor parte de las soluciones en práctica en algunos lugares del Estado (aunque no siempre con la escala adecuada), tiene instituciones y legislación antiquísimas y muy sofisticadas en relación a la gestión del agua… Sin embargo, la reciente sequía condujo a pérdidas de decenas de miles de millones de dólares, las ciudades tuvieron que reducir su suministro un 25% durante 2015 e incluso algunas comunidades rurales, por increíble que parezca, se quedaron sin suministro.

¿Puede ocurrir algo así en España?

La Ley de Aguas establece una jerarquía de usos que protege el abastecimiento de la población frente a cualquier otro uso. Es decir, el desafío no parece evidente a corto plazo, pues son otros sectores los que soportan el coste directo de la sequía, pero la seguridad hídrica a medio y largo plazo solo estará garantizada si se abandona cierta inercia institucional; se promueve la coordinación de políticas sectoriales; se avanza en enfoques de gestión de la demanda que completen los tradicionales enfoques de aumento de la disponibilidad; se controle de modo decidido el volumen de agua subterránea (unas de las grandes fallas en California); se vincule la gestión del ciclo urbano del agua al territorio, a la cuenca; se mejoren los sistemas de precios, no sólo desde un punto de vista financiero (recuperación de costes) sino sobre todo para generar incentivos para el uso eficiente y contribuir a movilizar todos los recursos disponibles.

Gonzalo Delacámara
Director Académico del Foro de la Economía del Agua y Coordinador del Departamento de Economía del Agua de IMDEA Agua.
Este articulo fue publicado originalmente en ABC el 11 de octubre de 2017.
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